Acerca de comer carne

PLUTARCO

(Beocia, c. 46~50 – Delfos, c. 120), escritor griego con ciudadanía romana. Filósofo, ensayista, biógrafo, historiador y magistrado.

OBRAS MORALES Y DE COSTUMBRES (MORALIA) IX, SOBRE COMER CARNE

Es el más importante alegato de toda la Antigüedad en favor de la dieta vegetariana.

SOBRE COMER CARNE (I)

1. ¿De verdad preguntas, tú, por qué razón se abstuvo Pitágoras de comer carne? En lo que a mí respecta, quisiera saber — perplejo como estoy — con qué actitud, con qué suerte de disposición anímica o mental, la primera persona probó sangre con su boca, rozó con sus labios carne de animal muerto y — preparando mesas de cuerpos e imágenes inertes — denominó «alimento» y «nutrición» a miembros que, poco antes, podían rechinar, aullar, moverse y ver.

¿Cómo podía la vista de esta persona recrearse en la matanza de animales que eran degollados, desollados, despedazados? ¿Cómo soportaba su olfato el hedor? ¿Cómo no repugnaba la contaminación a su gusto, el cual se hallaba en contacto con las llagas de otros seres y recibía flujos y sangre de heridas mortales?

«Las pieles se arrastraban y mugía sobre los asadores carne cruda y asada, y había como una voz de vaca»

Se recoge el pasaje de Homero, Od. XII395-396, en donde los dioses, atendiendo a la petición del Sol (cuyas vacas habían sido devoradas por los compañeros de Odiseo), mandan esos prodigios como admoniciones de las penalidades que Odiseo y los suyos habrían aun de soportar.

Se trata, obviamente, de una invención y un mito, pero, en realidad, es una cena espantosa: a saber, que una persona tenga apetito de seres que todavía mugen y, mientras, nos ilustre sobre los animales de que debemos alimentarnos cuando aún viven y emiten sonidos; y que, además, disponga varios modos de aderezo, asado y presentación […].

2. Podría decirse que, para quienes por vez primera decidieron comer carne, el motivo era la absoluta necesidad y la penuria. En efecto, ellos no ejercían esa práctica cuando transcurría su vida entre deseos ilícitos o cuando—disponiendo en abundancia de materias necesarias— se daban a placeres antinaturales, fuera de lugar. Mas, de recobrar en este mismo instante sensibilidad y voz, dirían posiblemente: ≪dichosos y amados de los dioses quienes hoy vivís; ¡qué época os ha correspondido! Disfrutáis y administráis un solar rico en bienes. ¡Cuánta vegetación tenéis, cuántas cosechas, cuánta riqueza obtenéis de los campos, cuánta delicia de los árboles! Es más, tenéis la posibilidad de vivir en el lujo sin mancillaros con sangre. Y es que a nosotros nos tocó una parte de la historia del tiempo sumamente dura y terrible, cuando caímos en una miseria importante, irresistible, debido a la primera generación. Aire y astros mezclados con agua turbia e inestable, con fuego y tornados también, cubrían el cielo. Y no se había establecido un sol todavía el cual, dotado de curso firme y estable, dividiera el amanecer y el anochecer, y que, después, de nuevo los trajera, coronándolos de estaciones fructíferas, de guirnaldas de flores. Y la tierra quedó asolada porque los ríos perdieron su cauce; y prácticamente todo quedó ≪informe a causa del lodo≫ y se vio devastado por barrancos cenagosos, bosques y selvas yermos. No existía recolección de frutos ni herramientas ni técnicas basadas en la experiencia. Entonces el hambre no cesaba ni la semilla de grano aguardaba la estación propicia. ¿Por qué extrañarse si, de modo antinatural, nos servimos de carne de animales cuando se comía fango, se roía corteza de árbol y se era afortunado con hallar grama que germinaba o una raíz de junco? Si, tras probar una bellota, la comíamos, bailábamos de alegría en derredor de una encina o una haya, y la llamábamos ≪donante de vida≫, ≪madre≫, ≪nutricia≫. Esta era la única fiesta que conocía la vida de entonces: el resto era, absolutamente todo, un sinfín de angustia y tristeza. Ahora bien, a quienes vivís en la actualidad, ¿qué arrebato o qué locura os impulsa a mancillaros con sangre, cuando tenéis cubiertas vuestras necesidades? ¿Por qué hacéis escarnio de la tierra, como si no pudiera alimentaros? ¿Por qué sois impíos con Deméter, portadora de leyes, y deshonráis al afable y dulce Dioniso, como si no obtuvieseis de ellos lo suficiente? ¿No os avergonzáis de mezclar nuestros frutos con sangre y muerte? Y eso que llamáis ≪salvajes≫ a las serpientes, a los leopardos y a los leones, pero no sois inferiores a ellos en crueldad cuando matáis: de hecho, para ellos la muerte es alimento; para vosotros, ≪guarnición≫.

3. Está claro que —a menos que debamos defendernos—no comemos leones y lobos; al contrario, nos olvidamos de ellos. Sin embargo, apresamos y matamos animales mansos y domésticos, carentes de aguijones y dientes, seres a los que —por Zeus que si— parece haber creado la naturaleza merced a su belleza y encanto[…].

4. El caso es que nada nos perturba: ni el aspecto de la carne fresca, ni el carácter persuasivo de la voz melodiosa, ni la pureza en los hábitos de vida, ni la peculiaridad de la inteligencia de estas pobres criaturas. Sin embargo, por una pequeña porción de carne, les privamos del sol, de la luz, del curso de su vida, cosas que, por esencia y naturaleza, merecen. De este modo, los gritos que emiten y elevan nos parecen inarticulados y no plegarias, suplicas, justas del que dice: ≪no censuro que obres por necesidad, sino por desmesura; sacrifícame para comer, pero no me captures para un bocado delicioso≫ ¡Que crueldad! Es terrible la visión de una mesa, ya preparada, de hombres ricos que se sirven de carniceros y cocineros como vigilantes de animales muertos.

Pero hay algo más terrible: la mesa una vez recogida; hay más restos que alimentos ingeridos. En suma, los animales mueren en vano. Más aun, hay otras personas que se abstienen de comer platos cocinados e impiden que los animales sean fileteados y troceados. Rechazan la carne de los animales muertos, pero no evitan la suerte de los vivos.

5. En efecto, en nuestra opinión es absurda la afirmación de tales hombres en el sentido de que el principio de la práctica se halla en la naturaleza. Efectivamente, que el acto de comer carne no es connatural al ser humano viene demostrado, en principio, por la morfología de su cuerpo. Y es que el cuerpo del ser humano no se parece al de las criaturas de condición carnívora: carece de hocico corvo, de garras agudas, de poderosas fauces, de estómago resistente, de jugos internos capaces de digerir y elaborar alimentos pesados, y carne. Así es que, por estas razones —la sencillez de los dientes, la pequeñez de la boca, la delicadeza de la lengua, la escasa capacidad de nuestros jugos para la digestión—, la naturaleza desaprueba comer carne. Y si, a título personal, dices que has nacido para esta forma de alimentación, antes de nada, sacrifica tu solo al animal que te quieras comer; pero por ti mismo, sin servirte de un cuchillo, un palo o un hacha. Así es, del mismo modo que los lobos, osos y leones matan a los animales que se comen, apresa un buey a mordiscos, o desgarra con la boca a un cerdo, un cordero o una liebre. Y, tras saltar sobre ellos, comételos todavía vivos como hacen los animales antedichos. Ahora bien, si aguardas a que el objeto de tu comida sea cadáver y te resulta indecoroso arrojar de la carne el alma ahí presente, ¿por qué comes, de modo antinatural, lo que está vivo? Con todo, nadie osaría comer un animal sin vida tal y como, cadáver, se encuentra. Al contrario, lo cuecen, lo asan, cambian su aspecto con fuego y hierbas; alteran, modifican y matizan con numerosas especias la pieza a fin de que el paladar, bien engatusado, acepte lo que le resulta extraño.

A fe que era gracioso lo de aquel espartano, el cual, nada más comprar un pescadito en una tienda, lo dio al tendero para que se lo preparara. El tendero le pidió queso, vinagre y aceite, a lo que repuso el espartano: ≪si hubiera tenido estos ingredientes no habría comprado pescado». En cuanto a nosotros, nos recreamos tanto en el sacrificio que llamamos ≪guarnición≫ a la carne; y luego precisamos de guarnición para la propia carne, así que mezclamos aceite, miel, salsa de pescado, vinagre con especias sirias y arábigas como si, en realidad, estuviéramos embalsamando un cadáver para su sepelio. Efectivamente, aun triturada, suavizada y en cierto modo disuelta la carne, es laborioso el proceso de la digestión; más aún, incluso hecha la digestión, la carne provoca pesadez aguda e indigestiones malsanas.

MORALIA SOBRE COMER CARNE (II)

1. […] Además, no es fácil arrancar el gancho de la práctica de comer carne, gancho que está fijado y anclado en el deleite de los placeres. Pues sería bonito que, al igual que los egipcios extraen las vísceras de los cadáveres y, mostrándolas a la luz del sol, se deshacen de ellas con el pretexto de que son causa de cuantos errores comete el ser humano, atajáramos, así, nuestra gula y sed de sangre con el objeto de purificar nuestra vida. Porque, de hecho, nuestro estomago no tiene sed de sangre, sino que resulta contaminado por la inmoderación. No obstante, si por la fuerza de la costumbre resulta imposible —si, por Zeus— renunciar al error, obremos de modo razonable consternados por nuestro error.

Comamos carne por apetito, no por glotonería: sacrificaremos a un ser vivo, pero con lastima y dolor, sin recreamos en la tortura. Práctica esta última en la que incurren, por cierto, quienes introducen en la garganta de los cerdos venablos al rojo vivo a fin de que la sangre, con la inserción del hierro, forme una emulsión, se extienda y haga la carne más tierna y suave; o también quienes saltan encima y pisan las ubres de las cerdas, cercanas al parto, con el propósito de mezclar sangre, leche e impurezas de los fetos (que en ese mismo instante mueren entre dolores agudos, ¡por Zeus purificador!), y comer la parte más jugosa del animal; o también esos otros que cosen los ojos de las grullas y de los cisnes y, tras cerrarlos, los engordan en secreto y elaboran la carne de manera apetecible merced a ciertas salsas y a condimentos exóticos.


Rosa Luxemburgo a Sophie Liebknecht

Breslau, mediados de diciembre de 1917

Mi querida Sonia, acabo de sentir un agudo dolor: al patio donde salgo a pasear llegan a menudo carros del ejército cargados con sacos, o con viejas camisas y uniformes de soldados, en muchas ocasiones con manchas de sangre… aquí los descargan y los reparten entre las celdas, donde los remiendan, y los cargan y los envían de nuevo al ejército.

Hace poco llegó uno de estos carros, tirado por búfalos en lugar de caballos. Vi a estos animales por primera vez de cerca. Son más fuertes y de complexión más robusta que nuestro ganado, con cabezas planas y cuernos también planos y curvados, tienen los cráneos más parecidos a los de nuestros borregos, son totalmente negros, con grandes ojos apacibles. Provienen de Rumania, son trofeos de guerra… Los soldados que conducen estos carros cuentan que costó mucho atrapar a estos animales indómitos y que fue aún más difícil usarlos para el tiro, porque estaban acostumbrados a la libertad. Los apalearon horriblemente, hasta hacer valer el dicho: vae victis… “¡Ay de los vencidos!”

Se dice que hay un centenar de estos animales solamente en Breslau; además reciben, después de estar acostumbrados a las extensas praderas rumanas, poco y miserable alimento. Son utilizados sin consideración alguna, para tirar de cualquier tipo de carro de carga, por eso mueren pronto. Hace pocos días, pues, entró un carro lleno de sacos, pero con un cargamento tan alto que los búfalos no podían atravesar la elevación del portón de la entrada. El soldado acompañante, un bruto, comenzó a apalear a los animales con el lado más ancho del fuste de su látigo de tal manera que la vigilante, molesta, le llamó la atención preguntándole si no tenía lástima de los animales. «Tampoco nadie tiene piedad de nosotros, las personas» respondió con una risa malvada y los apaleó todavía con más fuerza… Los animales empujaron pasando al fin sobre la montaña, pero uno sangraba… Soniuska, la piel del búfalo es de una dureza proverbial… y estaba rota. Los animales se quedaron muy quietos y agotados mientras los descargaban, y uno, el que estaba sangrando, miraba alrededor con sus grandes ojos tiernos como un niño con los ojos hinchados de llorar. Tenía claramente la expresión de un niño que ha sido duramente castigado y no sabe para qué, por qué motivo, que no sabe cómo escapar del tormento y la brutalidad… Yo estaba frente a él, el animal me miró y me cayeron las lágrimas; eran sus lágrimas, no es posible estremecerse ante el sufrimiento del más querido de los hermanos más dolorosamente de lo que yo me estremecí en mi impotencia ante ese sufrimiento silencioso. ¡Qué lejos, qué perdidas e inalcanzables quedaban las verdes y jugosas praderas rumanas! Qué diferente brillaba allí el sol, soplaba el viento, qué distintos eran el hermoso trino de los pájaros o la llamada melódica de los pastores. Y aquí, en esta ciudad extraña y lúgubre, el establo asfixiante, el repugnante heno mohoso mezclado con la paja podrida, las personas extrañas y horribles, y los golpes, la sangre brotando de la herida fresca… Mi pobre búfalo, mi pobre amado hermano, estamos aquí los dos, tan impotentes y silenciosos y somos uno solo en el dolor, en la impotencia, en la nostalgia. Mientras tanto, las presas, diligentes, habían rodeado el carro, descargaban los pesados sacos y los llevaban hasta el edificio; el soldado se paseaba a grandes zancadas por el patio con una sonrisa y las manos en los bolsillos, silbando una cancioncilla. Y todo el esplendor de la guerra pasó ante mis ojos.

Escríbame pronto.

Le doy un abrazo, Soniuska.

Su R

Cartas desde la cárcel a Sophie Liebknecht © Abada editores, Madrid 2017.


Rehúso comer los animales porque no puedo nutrirme con el sufrimiento y la muerte de otras criaturas. Lo rehúso porque yo he sufrido tanto que puedo sentir el dolor de los demás cuando recuerdo el mío.

Yo creo que los hombres continuarán matándose y torturándose los unos a los otros mientras maten y torturen a los animales.

Edgar Kupfer-Koberwitz, prisionero del Campo de concentración de Dachau desde 1940.

El autor judío Isaac Bashevis Singer, Premio Nobel de Literatura en 1978, hizo también la comparación con el holocausto en sus novelas. En The Letter Writer el protagonista dice: “En relación con los animales, todas las personas son nazis; para los animales es un eterno Treblinka“. The Penitent: Cuando se trata de animales, todo el mundo es un nazi”.

Reflexión

Un siglo después, el maltrato animal ha llegado a la fase industrial, millones de criaturas son torturadas y condenadas a sufrimientos inimaginables para beneficio de otros.

La degeneración, la degradación, el envilecimiento, la violencia personal e institucional de la especie humana no parece tener punto final. Y no lo tendrá mientras no percibamos el menoscabo que sufre la dignidad humana por el trato que se les da a los animales indefensos.
Cualquiera que tenga esto claro, no tendrá dificultad alguna en darse cuenta de por qué un declive profundo se está manifestando en la esfera de la cultura mental:

Para intentar curar enfermedades que el humano ha provocado con su decadente estilo de vida se alientan experimentos terribles en sus cuerpos y el Estado los protege, desde el “punto de vista científico”. Si la ciencia es esto, es muy descorazonador.

El pánico de los animales cuando esperan en fila viendo la muerte agónica de sus semejantes, cuando esperan ser masacrados escuchando los chillidos de sus pobres compañeros, si no mueren antes de un ataque al corazón; esa “carne” que luego consume el humano no puede salir gratis; posiblemente, cuerpo y mente han de sufrir algún quebranto.

Encerrarlos de por vida en jaulas con barrotes o en cercados o en cárceles de agua para un presunto disfrute del humano es desmoralizador.

Hasta que no tengamos el valor de situar esta agenda al frente de nuestras políticas, la violencia seguirá siendo la maldición de nuestra civilización. Nunca, nunca progresaremos moralmente como especie.

La verdadera bondad humana, con toda su pureza y libertad, puede ponerse en primer plano sólo cuando su recipiente no tiene poder. El verdadero examen moral de la humanidad, su examen fundamental (que yace enterrado profundamente lejos de la vista) consiste en su actitud ante esos que están a su merced: los animales. Y en este sentido la humanidad ha sufrido una derrota. Una derrota tan fundamental que todas las demás provienen de ahí.

Milan Kundera La insoportable levedad del ser (1984)

“Durante mucho tiempo he sido vegetariano por principio. Más de una vez, al discutir el tema, me han desafiado a justificar este principio sobre la base de la salud. Pero sería difícil para mí hacerlo, porque, en verdad, no fue por consideraciones de salud que me hice vegetariano, sino por razones de superioridad moral e intelectual. no hay nada moral en quitar la vida para la gratificación del paladar. Además, rebaja el tono intelectual y da lugar a pasiones violentas y crueles. Estoy convencido de que el progreso de la civilización depende de la eliminación gradual de la carne de la dieta de los hombres.”

RICHARD WAGNER ARTE Y RELIGIÓN  (1880) 
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